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El gesto de amor de Graciela

  • 18 may
  • 3 min de lectura

Durante mi infancia, mi papá y mi mamá viajaban mucho por el trabajo de mi padre. Mi hermana menor, Angeles, y yo nos quedábamos al cuidado de una red de personas que nos hacían nido. Berta, nuestra niñera, la Abuela Negra y mi tío Oscar que nos llevaba al cole por las mañanas. No tengo muchos recuerdos de aquella época, todo es bastante nublado. No me gustaba que mamá se fuese de viaje. La extrañaba muchísimo. Mis diarios de ese tiempo, escribo desde los 8 años, están repletos de: ‘mama te extraño, volvé pronto” . Mi abuela nos contaba los mejores cuentos, Berta nos cocinaba las mejores milanesas, pero mamá era mamá.

Mi hermana tampoco la pasaba bien, y yo sentía, al ser la mayor, que tenía que cuidarla. Mi abuela siempre me repetía: Vos sos más grande y tenes que cuidarla” Claro, ella así vivió su familión de ocho hermanos.

Entonces, esos tiempos fueron para mi niña, difíciles. Mamá regresaba llena de regalos y eso me dibujaba una sonrisa instantánea…pero con el tiempo me dí cuenta que no borraba las marcas que dejaba su ausencia…Es parte de mi historia, todos tenemos una para contar.

Más allá de estas circunstancias, hay un recuerdo que està muy presente en mí, ese no se ha desvanecido con el tiempo, todo lo contrario. Y yo lo llamo: El gran pequeño gesto de Graciela. Hoy quiero compartirlo, con ustedes, porque intuyo que va a convertirse en mi pequeño gesto…


Graciela fue mi maestra de primer grado. No era la típica maestra que hablaba en diminutivo y estaba siempre sonriente. La recuerdo inteligente, exigente, calma, ordenada, muy atenta a nuestras necesidades. Muy maestra; nos enseñaba matemáticas y lengua pero también a sentarnos correctamente, a saludar, a ser respetuosas. Disfrutaba mucho estando en sus clases, porque a pesar de su seriedad, reinaba una serenidad que me encantaba.

Y cuando mis padres se fueron de viaje por más de un mes, yo llevaba la foto de mi mamá escondida en mi portafolios( tengo más de 50 y las mochilas recién aparecían) cada día. Recuerdo que me daba vergüenza llorar en público y admitir que la extrañaba. Pero supogo que Graciela se dió cuenta porque a veces me ayudaba a ordenar los útiles cuando terminaba el día de clases. Nunca se lo pregunté.

A partir de ese viaje, por las mañanas , me llamaba a su escritorio, que estaba frente a los pupitres y me daba un chupetín y un beso. Cada día de esas semanas interminables, yo esperaba aquel momento, ese instante de un amor nuevo para mi;   un gesto desinteresado y tierno que gota a gota me calmaba la sed de mamà. Me olvidaba de todo y jugaba feliz. Ese aprendizaje fue enorme para mi. Deje de sentirme sola, sentí con cada chupetín un abrazo materno y con cada sonrisa un “ todo va a estar bien”.

Un gesto amoroso, simple, cambio algo en mi para siempre. Esa mujer que apenas me conocía, me dió amor…Me regaló seguridad y confianza, volví a sentirme en CASA…Eso lo fui descubriendo con el tiempo.


Los gestos pequeños que salen del corazón, que no se piensan , ni analizan; gestos que espontáneamente brotan de algún lugar tan desconocido, pueden convertirse, como en mi caso, en salvavidas, en balsas, en momentos bisagra, en ese cálido abrazo ausente, en ese :” sos valiosa o valioso por el sólo hecho de existir…”

Un gesto amoroso puede cambiar la vida de alguien y la propia… Porque al sentir que algo brota en nosotros para ofrecer, descubrimos ese lugar que somos y que nos negamos tantas veces: nuestro nucleo de AMOR, tierno y vulnerable.

Y ese gesto recibido, se transformó en gesto dado…y asi se va tejiendo una red de gestos amorosos que se va transformando en un abrazo colectivo, para quien lo necesite...


Gracias Graciela!



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Hermoso recuerdo.

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